La división del territorio en señorío seguía vigente, en la idea de configuración de un Estado única/unitario, la existencia de los señoríos no tenía sentido y era incompatible con el sistema político liberal, por tanto, era necesario su disolución. Se produce la incorporación de todos los señoríos jurisdiccionales a la nación el 6 de agosto de 1811, poniendo fin a la figura del señor. También se producirá, por tanto, el fin del derecho de cobro del diezmo por parte de la Iglesia. 

Esto supuso para los señores un derecho de propiedad que antes no existía, estos reclamaban y registraron tierras a su nombre, las que antes solo eran de su jurisdicción ahora serían propias, proporcionándole la propiedad de las tierras, aunque esto se produce en aquellos casos donde la influencia de los señores era grande, en los otros casos, intentaron conservar en su propiedad el control de las tierras. 

Los derechos que tenían los señores sobre la tierra tenían un origen y una naturaleza muy variada, algunos de estos señores acceden a estas reformas, ya que los convierten en propietarios de las tierras, aumentando el control de la propiedad libre individual. También hay que tener en cuenta, los colonos que se encontraban asentados en algunas de estas tierras, u otros señoríos que se fundaron en áreas ya repobladas, y los monarcas cedieron a menudo a los titulares de aquéllos sus derechos sobre las tierras baldías[1]. Por tanto, ¿qué es lo que se produce? Una libertad de los colonos o una pérdida de los derechos de explotación por parte de los campesinos. 


[1] Terreno sin labrar.

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